Creatividad Fiscal

Quienes creemos firmemente en las libertades individuales y por ende vemos al Estado simplemente como un mal necesario, tenemos serias reservas contra prácticamente todos los impuestos que existen hoy en día.

Si bien podemos aceptar la existencia de algunos de ellos, en cuanto proveen el financiamiento que el Estado precisa para desempeñar sus funciones básicas, definitivamente perdemos la línea cuando se utilizan excusas políticamente correctas, como ser redistribución de la riqueza o la justicia social para justificar la existencia de más tributos de los estrictamente necesarios.

En algunos casos, no obstante, supongo que aún los amantes de los Estados gigantescos y voraces estarán de acuerdo con nosotros; y en esta columna nos vamos a referir precisamente a ellos.

Es que la imaginación de gobiernos y autoridades fiscales a la hora de crear nuevos impuestos es sumamente rica y la historia nos muestra ejemplos de una creatividad tal que impresiona.

Por suerte, en muchas ocasiones la imaginación de los contribuyentes ha sido incluso mayor a la del Estado.

Veremos a continuación los diez impuestos más ridículos de la historia y sus consecuencias.

Top 10

  1. Impuesto sobre las chimeneas: Corría 1662 y la Inglaterra de Carlos II, recientemente restaurado en su trono, andaba corto de fondos (algo que suele suceder a los gobernantes sin distinción historia ni geográfica). Por entonces, las viviendas se calefaccionaban con hogares y estufas. Así las cosas, al monarca se le ocurrió establecer el siguiente impuesto: dos chelines por cada hogar y estufa en las casas de Inglaterra y Gales. Los llamados “chimney-men” inspeccionaban por dentro cada vivienda para contar los fuegos. Una de las principales críticas que despertó este impuesto fue que el dinero recaudado iba directo al bolsillo del rey y no a las arcas del reino. Si bien el impuesto fue abolido en 1689, es importante destacar que para entonces ya estaba vigente el impuesto a las ventanas, al cual nos referiremos seguidamente.
  2. Impuesto a las ventanas: El Impuesto a las ventanas es uno de los más claros ejemplos de impuestos destinados a castigar a quienes más tienen que terminan castigando a los que menos poseen. Fue aprobado en Inglaterra en 1696 (los números del reino seguían en rojo pese a la instauración del Impuesto sobre las chimeneas) y sus consecuencias fueron nefastas. ¿Cuáles fueron estas consecuencias? En el corto plazo, quienes se negaban a pagar el impuesto empezaron a tapiar sus ventanas, algo que aún puede verse hoy en día. En el mediano plazo, los ingleses comenzaron a construir viviendas con menos ventanas, lo cual afectó el bienestar y la salud de la población. De hecho, hay estudios que demuestran que las malas condiciones sanitarias derivadas de la falta de una ventilación apropiada y aire fresco fomentaron la propagación de numerosas enfermedades, entre las que se encontraron la gangrena y el tifus. Lo más ridículo del tema es que el impuesto no se puso en cabeza de los propietarios de las viviendas sino de los ocupantes, con lo cual terminaron empeorando las condiciones de vida de los más pobres. Por cierto, se trataba de un impuesto progresivo: no se pagaba si había menos de 10 ventanas; era de 6 peniques por ventana si había entre 10 y 14; 9 peniques si había entre 15 y 19; y un chelín si había 20 ventanas o más (en 1797 estos montos se triplicaron). Lo más triste del caso es que parece que hay gente que no escarmienta, porque este impuesto – que en Inglaterra estuvo vigente hasta 1851 – reapareció en el México gobernado por Antonio López de Santa Anna solo tres años más tarde (en 1854), cuando los impuestos que el dictador había establecido sobre perros y demás habían demostrado ser insuficientes.
  3. Impuesto al té: Los ingleses han sido desde siempre grandes bebedores de té (y, tal cual vimos hasta aquí, grandes creadores de impuestos). Por ello, no sorprende que en 1689 el gobierno inglés decidiera recaudar dinero estableciendo un costoso impuesto sobre las hojas de té. En algún momento, este impuesto superó el valor neto del té. La medida trajo como consecuencia un auge en el contrabando de té así como la venta de té “falso”, producido con estiércol de oveja. En otras palabras, hemos visto hasta aquí que impuestos ridículos como los que analizamos en esta columna traen aparejados problemas de salud, contrabando y la aparición de falsificaciones. Más adelante veremos que también destruyen industrias incipientes.
  4. Impuesto al vello facial: Históricamente, los rusos habían lucido largas barbas. Pedro I (también conocido como Pedro el Grande) estaba en contra de esta moda y, para combatirla, creo el impuesto a la barba, allá por 1698. El impuesto ascendía a 100 rublos por año y, quienes lo pagaban recibían una medalla con la frase: “La barba es una carga inútil”. Obviamente se trató de un tributo fácilmente evitable ya que era mucho más sencillo afeitarse que tapiar una ventana.
  5. Impuesto a los sombreros: Unos años más tarde, en 1784, el parlamento ingles aprobó la creación de otro impuesto vinculado a la moda: el impuesto al sombrero, que curiosamente solo pagaban los caballeros, pero no las damas. Como suele pasar, este nuevo impuesto trajo de la mano ridículas regulaciones que obligaban a los fabricantes de sombrero a adquirir una licencia para producir y comerciar sombreros. Esta impuesto, cuya evasión estaba castigada con la pena de muerte, dio origen al boom de la industria de los “tocados”. Tan solo 12 años después se aprobó el impuesto sobre las pelucas, impuesto que obviamente – y tal cual adelantábamos más arriba – destruyó esta incipiente industria.
  6. Impuesto al colorete: Sobre finales del Siglo XVIII, el emperador José II (de Austria), gravó el uso de colorete para las mejillas al comprobar que cada dama gastaba cien florines al año en este tipo de producto. También estableció impuestos a los polvos para el cabello y el lápiz de labios.
  7. Impuesto a jabones, perros y velas: Desesperado por reunir dinero para financiar la guerra contra Francia, el primer ministro británico William Pitt implementó nuevos impuestos, incluidos el aplicado al jabón, a los perros, a las velas, a los relojes de pared, a la seda y a las empleadas domésticas.
  8. Impuesto a los pisos: En Francia, el impuesto a la propiedad inmueble se pagaba en proporción al número de pisos que había por debajo de la línea del tejado. Así, el último piso, la famosa bohardilla que quedaba cubierto por el tejado de la mansarda, era libre de impuestos.
  9. Impuesto a las vacas: Se trata de un impuesto establecido hace algunos años que graba la tenencia de vacas en Europa. La justificación del mismo se relaciona con el hecho de que las flatulencias de estos animales son responsables de la emisión de gases invernaderos. Dinamarca tiene el impuesto más alto; USD 110 por ejemplar.
  10. Impuesto por no fumar: Cerramos nuestro Top 10 con otro ejemplo reciente, pero no por ello menos ridículo como los anteriores. En China, en la provincia de Hubei, se implementó un impuesto por no fumar. El mismo se estableció con el objetivo de sostener los ingresos del Estado ya que la crisis de 2009 motivó que mucha gente dejará de comprar cigarrillos y por ende el Estado dejo de percibir los impuestos asociados a la venta de dicho producto. Los chinos intentaron primero obligar a cierto tipo de contribuyente a comprar cigarrillos y, ante la imposibilidad de mantener esta respuesta en el tiempo, creó que impuesto bajo análisis.

El tiempo dirá si, de acá a unos años, cuando actualicemos esta columna, tengamos que agregar el impuesto a Netflix.

Fuente: Fin.guru